Historia para no dormir

En diabetes una de las cosas que más me preocupa son las hipoglucemias. Aunque más que preocupación, el sentimiento que las acompaña es el miedo.

Cuando salí del hospital no recuerdo tener más herramienta para corregirlas que comer. Por aquel entonces las insulinas no tenían mucho que ver con las de ahora, y que os voy a contar de la educación en diabetes, las raciones o los hidratos de carbono… En verdad no os puedo contar nada porque no sabía nada, todo eso vino con el tiempo. Mucho tiempo.

Sin apenas saber identificar una hipoglucemia y mucho menos tratarla, yo fui haciendo mi vida, pero eso no me libró de ellas y mucho menos de grandes sustos.

Esos sustos no fueron para mí, es lo que tiene estar inconsciente, pero la gente de mi alrededor ha tenido que correr por mi vida, y no es una frase hecha.

Los hechos

Os quiero contar la historia del primer susto, aunque es una historia a medias, porque realmente poco recuerdo de ella y podría preguntar a mis padres, pero creo que hacerles recordar ese día, no es la mejor idea. Ya veréis el por qué.

Ya os conté que yo los veranos siempre los he pasado en el pueblo. En la gente de mi generación de aquí de Logroño, lo normal era tener un pueblo (cuales propietarios orgullosos) y por supuesto los fines de semana que hacía buen tiempo y el verano se pasaban allí. Y mi caso era el normal. Y allí que nos hacíamos 30 kms para disfrutar de él toda la familia.

Ya habían pasado  algunos años desde el debut y ya estaba hecha en cierta medida a lo que la diabetes había traído a mi vida, que sobre todo se puede resumir en:

  • 2 pinchazos al día de insulina,
  • 3 capilares
  • Muchas restricciones a la hora de comer que mi santa madre, que era la que se encargaba de este tema, me hacía cumplir como bien podía.

Salvo estos “detalles” a día de hoy no recuerdo que mi vida fuera muy diferente a la de antes de la diabetes.

Por eso yo cuando subía al pueblo, hacía lo de siempre, llegaba a casa, soltaba la mochila en la cocina y me iba corriendo a buscar a mi prima y al resto de la gente. La hora de comer no la marcaba el reloj, la marcaba el mensajero. ¿Y quién era el mensajero? Pues la primera persona que venía a buscar a alguien de los que estábamos allí para ir a comer. En cuanto se iba el primero, nos íbamos todos detrás (cada uno a su casa, que conste).

A mí lo que más me gustaba de subir al pueblo era la libertad que teníamos todos respecto de lo que era nuestro día a día en la ciudad. Nos pasábamos el día en la calle, daba igual el tiempo que hiciera o la hora que fuera, siempre en la calle todos juntos haciendo cualquier cosa. Sólo íbamos a casa para comer algo y a dormir.

Estábamos bastante asilvestrados, sí.

Pues en una de éstas, una cualquiera, nada en especial, un domingo del que ni recuerdo la fecha estábamos allí y después de comer mi prima y yo estábamos en el sofá viendo la televisión (los demás aún no habrían acabado de comer) y di media cabezada (o eso pensaba yo) y lo siguiente que recuerdo era estar en el coche dirección Logroño con mi padre conduciendo y mi madre conmigo en el asiento de atrás.

¿Qué había pasado?

No lo sé. Pero sabía que había pasado algo porque en el coche no iban mis hermanas, mi madre iba en el asiento de atrás (y eso siempre la ha mareado) y mi padre iba repitiéndole continuamente a mi madre: ¿reacciona?

Fue una sensación extraña. Para mí fue como despertar de la siesta pero sin entender nada.

Mi madre iba dándome toques suaves en la cara, como cuando quieres despertar a alguien, por eso no entendía que me llevaran en el coche (y sin mis hermanas!!) a Logroño sin tan siquiera haberme despedido de mi prima. ¡Si me estaba echando una siesta!

Cuando llegamos a Logroño yo me sentía muy confusa porque no entendía nada y mucho menos entendí que me llevaran a urgencias.

Aunque ya estaba consciente, no recuerdo lo que me dijo el médico, ni el tratamiento ni nada de ese momento. Supongo que el tiempo borra las cosas y más aquellas que vives como algo sin sentido. Para mí, era una siesta interrumpida de forma bastante “peculiar”.

Eso fue para mí, pero los demás vivieron algo diferente.

Desde el otro punto de vista.

Como os dije, yo estaba con mi prima tirada en el sofá viendo la televisión y mi prima avisó a mis padres porque empecé a hablar de forma incoherente, ausente. Además estaba con los ojos cerrados y ella me pedía que los abriera y yo le decía que los tenía abiertos y que la estaba viendo.

A pesar de que esto le parecía raro, pensaba que estaba de broma pero luego me debí quedar callada y ahí ya entró en pánico y claro, avisó a los mayores y allí que se revolucionó todo el pueblo  ¡hay que llevar a la niña a urgencias!

Por lo que me han contado en ningún momento llegaba a abrir los ojos, sí que consiguieron que hablara o algo parecido, las palabras no tenían coherencia alguna y que me levantara del sofá y caminara, pero lo de los ojos, eso fue una batalla perdida.

Ninguno habíamos vivido algo así y no había manera de hacerme reaccionar así que la opción fue carretera y ligero a urgencias.

Ya os he dicho que son como unos 30 kms la distancia, parece corto verdad, pues fue el viaje más largo de la vida de mis padres. 30 kms en las carreteras de los años 90 (carreteras comarcales para más detalle) en un Seat 127 con una adolescente inconsciente en el asiento de atrás y sin conocimientos de cómo reaccionar. Era un viaje a vida o muerte. Afortunadamente la moneda se decantó por el lado de la vida.

Las hipoglucemias son así de traicioneras, por eso dan tanto miedo.

Afortunadamente a día de hoy tengo muchas más armas para combatirlas que entonces porque tengo conocimiento cosa que entonces me faltaba.

Y os preguntaréis ¿Y el glucagón? Pues como no, estaba en la nevera de Logroño. Aunque también os digo que no sé si me lo hubieran puesto, no tanto por la dificultad de ponerlo bien (eso sí que nos lo habían explicado) si no por el hecho de que no sabíamos que eso era una hipoglucemia.

Y este es un pequeño resumen del que fue el primer susto que nos dio la diabetes a toda la familia, que no fue el último, pero sí el más rastrero porque no supimos bien qué hacer con él.

Afortunadamente las cosas cambian y entre los cambios se dan mejoras y mi diabetes ha aprendido lo que es una hipoglucemia, cómo tratar de evitarla y si llega no le dejamos que tome el control y nos lleve en un viaje incierto. Ahora yo tengo el poder y aunque no estoy exenta de ellas, tengo más y mejores armas que entonces porque sobre todo tengo conocimientos.


Como siempre estáis invitados a dejar vuestros comentarios abajo tanto para alabarme el gusto como para ponerme a parir. Todos sois bien recibidos, salvo el spam.

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Nos leemos entre pinchazos. Besos dulces.


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