De cómo recuperé mi fe en la humanidad

La vida es incertidumbre y siempre hay cal y arena en ella.

Por cada paso que das hacia adelante, muchas veces pareces que vas hacia atrás y de esta manera no hay manera de avanzar.

Uno de los propósitos del blog es dar visibilidad a la diabetes, aunque lo haga muchas  veces desde un humor sarcástico y ácido, mi intención es que sepan que estamos aquí y mostrar lo que es nuestro día a día.

¿Objetivo cumplido?

Ni de lejos.

Sigo viviendo en un mundo en el que la diabetes es una palabra en muchas ocasiones vacía de sentido para el receptor del mensaje. Vamos, que no tienen ni puta idea de lo que estoy hablando.

Pero también tengo esperanza en la humanidad y confío en que algún día no me invadirá el pánico cuando piense que mi vida puede quedar en manos de alguien que, con muy buena intención (o eso espero), me pondrá insulina en medio de una hipoglucemia o me echará azúcar en el café cuando le diga que llevo un día muy amargo.

El desconocimiento nos rodea, pero páncreas no funcionales del mundo, he descubierto que también hay conocimiento ahí fuera.

La semana pasada fue una semana de eventos y para celebrar un cumpleaños, esta que teclea al otro lado de la pantalla, se fue a hacer una actividad de Humor amarillo. No me entretengo en explicar lo que es pues mi generación sabe perfectamente quien era el chino Cudeiro. Si eres de otra generación más reciente, quizá lo conozcas como Wipeout.

Pues allá que nos fuimos 6 insensatas en pleno inicio de la cuarentena (que digo yo que no hemos tenido años para hacerlo que hemos tenido que esperar a esta edad) a despeñarnos por los hinchables.

Antes de empezar, tienes que leer y firmar la normas de seguridad, advertencias, promesas de no hacer el cabra que no cumplirás y legarles todos tus bienes en caso de que no acabe bien el tema. Lo que viene a ser algo que nadie se lee, salvo que lleves a alguien con diabetes, que en ese caso buscas si aparece la palabra por algún lado.

Y por supuesto y sí, ahí estaba: en caso de padecer (retahíla de enfermedades varias)  diabetes, hablar con el monitor.

Pues allá que me fui yo a por la chiquita de verde a contarle mi vida.

Inocente de mí. Yo pensando que me iba a entender y todo.

Le digo lo que hay y ahí viene su respuesta (antes de nada pensar en su  cara de a ver qué hago yo con esta tía y la mía de póquer): pero entonces ¿tienes que hacer algo tú o nosotros? Vamos ¿que si te tienes que medicar durante la actividad? ¿O e tenemos que poner la insulina si te pasa algo? Que sin problema, dinos cómo y te la guardamos aquí.

Sacadme de aquí, tengo miedo!!!!!!!!!!!!!!! Me quieren matar y encima con saña y sufrimiento.

Mi respuesta: espero que no lo hagas y si lo haces, por favor, ten a mano una ambulancia.

Mis amigas ante esto ya se parten porque ellas están acostumbradas, pero el resto del mundo aún se queda un poco flipado.

Con mi santa paciencia, le dije que ella no se tenía que preocupar de nada y que me guardara el zumo a mano, que yo me ocupaba del resto.

En serio, a mí que alguien me explique para qué me indican que hable con un monitor en caso de diabetes si cuando lo hago acabo con la sensación de que cómo me pase la que se va a liar pollito.

Al menos no hizo falta recurrir a nadie, ni hipoglucemias ni huesos rotos, sólo agujetas y un cardenal en el pie (no preguntéis, no tengo ni idea de cómo apareció ahí).

Tras estas situaciones, empiezo a perder mi fe en la humanidad y en mi supervivencia. Pero eso no hace que me quede en casa.

Porque la mejor terapia para las agujetas es irse de cena con mis amigas, que si yo tengo una avería grande, desde aquí os aviso que ellas no me van a la zaga. Tampoco voy a decir que soy la normal del grupo…

Como yo soy muy de liarla por todos lados (creo que mi mascota ideal sería un pollito) donde quiera que vaya, en la cena no podía fallar a mi tradición. ¿Y cómo la lie esta vez? Pues perdiendo la insulina. ¿Y cómo me enteré? Cuando el camarero amable me dio el bolígrafo diciéndome que le habían dicho que era mío…

En estas yo estaba hablando con un conocido que me dijo: No sabía que tenías diabetes, ¿qué tal lo llevas?

Yo me emocioné mucho porque esta persona trabaja en los cuerpos de seguridad y me dio mucha confianza ver que sabe lo que es un bolígrafo de insulina, pero más ilusión me hizo cuando a la pregunta trampa de si sabría administrarla, me dijo que nunca haría eso en caso de inconsciencia y que si estoy consciente no me hace falta ayuda.

Se me saltaban las lágrimas. Después de oír tantas veces como la gente quiere ponerme insulina en cuanto hago un amago de encontrarme mal, ver que alguien sabe que esa no es la respuesta a todos los males de una persona con diabetes me emocionó mucho.

Le dije lo que me había pasado por la tarde y  estuvimos comentando el tema un poco antes de despedirnos.

Y así recuperé mi fe en la humanidad en una pequeña conversación que me ha traído esperanzas renovadas.

Y esta mi historia de cal y arena, que por cierto, nunca he sabido cuál es la buena y cuál la mala. Aunque en diabetes lo tengo algo más claro.


Como siempre estáis invitados a dejar vuestros comentarios abajo tanto para alabarme el gusto como para ponerme a parir. Todos sois bien recibidos, salvo el spam.

Nos leemos entre pinchazos. Besos dulces.


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