Cuidado con mis cuñados

Crujiente, de hogaza, baguette, tostado, integral la verdad es que me da igual que variedad sea, el caso es que admito que me encanta el pan.

A esto en mi tierra se le llama ser una panazas.

Cuando era pequeña al volver del colegio por la mañana mi madre me mandaba a comprar el pan. Con 3 barras salía de la tienda y a casa con suerte llegaban dos y media. Si me encontraba con alguien por el camino llegaba bastante menos.

niño con varios tipos de pan delante dispuesto a empezar a comer

Al ser diagnosticada con diabetes, para mantener el control de las glucemias ese kilo de pan que me podía comer en un día, se convirtieron en dos tostadas en cada comida. Que no es que me supieran a poco, que viendo los antecedentes, me sabían a nada, es que con esa mierda de pan ¡¡¡no se podía untar!!!

Todo sabe mejor si lo acompañas con pan. A punto de cumplir los 40 puedo afirmar categóricamente que esto es una verdad universal (al menos en mi universo particular).

Cómo echo de menos los bocatas de tortilla de patata. Que no es que no los coma, es que lo de pesar, calcular, poner insulina, esperar y un largo etcétera de preparativos previos,  le quita ese sabor a infancia en el que si te quedabas con hambre (o más bien con gula), te ponías otro igual de grande y no pasaba nada.

Al no saber calcular raciones ni contar HC, durante mucho tiempo el pan para mí fue poco menos que la manzana prohibida del paraíso.

Esto cambió en cierta medida con el cambio de tratamiento en las insulinas que utilizaba. Ya os conté como llegaron a mi vida la insulina rápida y la lenta (antes de esto era premezclada) pero si no conocéis la historia os dejo aquí el enlace.

Con el nuevo tratamiento, una cosa que aprendí fue que podía comer de todo siempre que supiera calcular las raciones y conociera mi ratio.

Una vez aprendido todo esto, la verdad es que la variedad en la alimentación pasa a ser eso, variedad y pude dejar atrás el sota, caballo y rey en las comidas.

Y por supuesto, el maravilloso pan volvió a mis menús de cada día y ya lo hizo en forma de barra y dejamos atrás las tostadas que impiden rebañar el plato hasta dejarlo como si no lo hubieras usado.

Es curioso las cosas tan sencillas que se pueden llegar a echar de menos y lo que supone que algo que dabas por perdido para siempre vuelva a tu vida (aquí MasterCard poco tiene que hacer)

El caso es que una vez que volvió el pan a mi vida de manera sencilla y la táctica de pesar y contar algo controlada me he dado cuenta de que ahora tengo que pelearme con un espécimen muy extendido en mi familia. El cuñado robapan

Normalmente como con mis padres, los cuales saben que el pan que está cerca de mí, es mío y sólo mío. Mis hermanas están algo más acostumbradas a este detalle, pero aun así, si está alguna hago táctica mamá gallina y me lo dejo a buen recaudo debajo del ala.

Pero es que tengo unos cuñados que son unos linces en eso de cogerte un poco de pan. Es que ni poniéndolo debajo de una servilleta lo tengo a salvo.

Menudo estrés comer con ellos. Hay veces que me cojo mi trozo pesado más un pico que dejo un poco apartado para ver si cuela y se olvidan de mi parte. Evidentemente ese trozo nunca está cuando acabamos de comer y alguna vez hay amagos de seguir atacando para ir a por el resto.

Pero si algo no le puedes tocar a alguien con diabetes, son sus hidratos contados y en mi caso, si tienen forma de pan, mucho menos.

Así que he desarrollado dos tácticas de defensa que os voy a desvelar por si tenéis en vuestro entorno algún espécimen de esta especie o similar.

Táctica 1. Ostia al canto

No dudéis. Si veis una mano que sigilosamente se está acercando a ese trozo de pan crujiente y rico que con tanto cariño habéis pesado, soltadle un tortazo en la mano. ¿Qué es eso de invadir territorio ajeno? Esto es la guerra y la mejor defensa es un buen ataque. No hay que tener piedad del enemigo, él no la tendrá de ti.

Táctica 2. Tenedor en mano.

No os voy a decir que lo lleguéis a clavar, eso ya será voluntad de cada uno y de la tolerancia a la visión de sangre ajena. Pero si después de usar de manera reiterada la táctica 1, siguen robándote el pan, hay que pasar a la artillería pesada. (Tampoco nos vamos a venir arriba así que el cuchillo en la mesa, por favor). Un tenedor yendo directo a la mano es bastante persuasivo. Mis cuñados y yo damos fe de ello. Os recomiendo practicar esta táctica previamente para saber en qué momento frenar.

Por supuesto, ambas tácticas deben ir acompañadas del grito de guerra de  “no me robes el pan”.

Por experiencia propia os confirmo que el uso reiterado de estas táctica, es muy eficaz y no sólo en cuñados, con cualquier robapan.

Me ha costado, pero al final todos nos hemos acostumbrado a que el robo de pan no está permitido en mi caso porque las consecuencias no son agradables para nadie. Sus manos y mis niveles de azúcar han llegado a una tregua duradera (o eso espero).


Como siempre estáis invitados a dejar vuestros comentarios abajo tanto para alabarme el gusto como para ponerme a parir. Todos sois bien recibidos, salvo el spam.

Nos leemos entre pinchazos. Besos dulces



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