La semana pasada fue la comunión de mi sobrino y por supuesto eso supone un gran evento familiar en el que no falta comida ni bebida, con todo lo que eso supone para un páncreas no funcional.

Soy de una familia que podríamos decir grande, tengo tres hermanas, yo soy la cuarta, y mis hermanas me han dado 5 sobrinos (4 niñas y 1 niño) a los que adoro con todo mi corazón. A esto le sumamos las familias políticas de mis hermanas, así que la familia Brady se queda pequeña a nuestro lado.

 

Yo no soy madre y a día de hoy es algo que no m e planteo. No es una decisión en la que influya mi páncreas, creo  que sería una influencia importante si cambiara de opinión, pero nunca me he visto en ese papel. No sabría dar una explicación a esto, supongo que es algo que simplemente no es para mí.

Bueno, que me lío. El caso es que la semana pasada estábamos de evento y la comida era tipo menú degustación. Estos menús para mí son complicados porque nunca sabes cantidades exactas ni ingredientes, así que yo normalmente para evitar desajustes, me pongo un par de unidades antes de la comida (habiendo pan ya sé que esas raciones ya las tengo a mano) y luego voy calculando aproximadamente las raciones que voy comiendo.

Soy la pesada de los restaurantes, lo confieso y lo confieso con orgullo. Necesito saber lo que como y si no lo pone en el menú, le tocará al camarero contármelo. La verdad es que suelen ser muy amables en este sentido, aunque de todo me he encontrado.

La comida fue muy bien, yo  fui apuntando las raciones y al final de la comida me puse la insulina. Hasta aquí todo bien.

En vuestras familias no lo sé, pero en la mía lo de los eventos es “de larga duración” no nos conformamos con irnos a comer a un restaurante en una comunión, qué va. Por la noche tenemos que hacer chuletada.

Así que por la tarde cambiamos nuestras mejores galas por los vaqueros y las zapatillas y nos bajamos a la piscina, que aunque aún no está abierta para bañarse, los asadores sí lo están y es un entorno ideal para que los niños puedan jugar.

Y así estábamos pasando tan bien la tarde cuando de repente mi corazón empezó a palpitar rápido, mi cuerpo temblaba, me costaba hablar y me empecé a sentir confusa. Parece amor ¿a que sí? Pues no, lo que para el resto del mundo podría ser algo romántico, en mi caso es una hipoglucemia de 50 que casi me tira al suelo.

Así que me tomé un poco de refresco (totalmente olvidado el zumo en casa…) y comí algo de pan para normalizar. Vamos, lo estándar. El problema no fue la hipoglucemia, fue que claro, normalmente son algo que si me pasa en casa, corrijo y tira para adelante en más o menos tiempo, lo malo es tener a más de 20 personas preguntando si estás bien, todo esto  por turnos, mientras tú estás comiendo pan y tratando de tranquilizarte. Personalmente me pongo muy nerviosa en el momento pero sé que se pasa, sé cómo funciona y qué hacer, pero con tanta gente pendiente, la verdad es que no fue nada cómodo. Sobre todo porque una hora después aún venían algunos a preguntar si se me había pasado ya….

No quiero que penséis que soy una desagradecida ni nada parecido, todo lo contrario, sé que desde fuera es algo bastante impactante y es normal que la gente esté encima de ti, pero que lo hagan en pleno auge, es jodido de mantener la calma y no mandar a nadie a un sitio al que te arrepentirás posteriormente.

Por eso para mí fue súper bonito cuando al rato, estando ya bien, vino mi sobrina mayor (14 años) a preguntarme que me había pasado y si estaba bien.

Con 14 años me demostró que tiene mucha más cabeza y tacto que mucha gente adulta en muchas ocasiones. Vino a preocuparse y a aprender y a entender lo que me había pasado. Sin prejuicio  alguno y de verdad que es un momento que voy a  recordar mucho porque si la gente viniera así, nos evitaríamos cosas como las respuestas de la semana pasada (os dejo el enlace aquí para que os echéis unas risas)

Me preguntó qué me había pasado, si me pasaba habitualmente, qué había hecho para que se me pasara, por qué me había pasado (eso es fue difícil de explicar). Me pidió que le enseñara el glucómetro. Sintió curiosidad cuando vio que llevaba dos bolígrafos de insulina diferentes y me preguntó por qué y para qué era cada uno. Me preguntó por mi debut, alucinó cuando se enteró de que cumplí los 13 años estando en el hospital. Y luego me contó que una compañera suya también tenía diabetes desde hacía no mucho tiempo y me contó un poco sobre ella.

Pero lo más bonito fue cuando le pregunté sobre su amiga y si había notado algún cambio en la gente con ella y en cómo la trataba la gente. Me miró un poco raro y me dijo “tía, te conozco de siempre y no creo que haya nada raro en ti. Tienes diabetes como  yo tengo migrañas, pero eso no nos hace diferentes “. Casi se me caen las lágrimas. El abrazo claro que se lo di, aunque se resistió (cosas de la edad)

Ver como una mini adolescente (ya no la puedo llamar niña desde hace tiempo) habla así, me dejó en una nube de felicidad porque me da esperanza. Quizá algún día alguien más se siente conmigo y me pregunte qué es la diabetes y qué supone en mi día a día.

Y mientras llega ese día, por aquí seguiré dando guerra, quejándome de los prejuicios y haciendo risas de todo esto pero desde la semana pasada con un nuevo rayo de esperanza.

Nos leemos entre pinchazos. Besos dulces.


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