Soy una persona de lógica propia que muchas veces tiene dificultades serias para entender el mundo.

En mi día a día esto se traduce en que necesito entender las cosas y cómo funcionan. Los porque sí no van conmigo y las explicaciones a medias son una losa para esta cabecita mía.

Esta lógica mía, después de muchos años a mi lado, me ha hecho ver que si algo no funciona, hay que arreglarlo.

cristal roto

Soy tendente a buscar en primer lugar la solución por mis propios medios, pero como soy humana casi perfecta pero no al 100%, admito que tengo mis limitaciones y que si no llego a algo, lo mejor es buscar ayuda.

¿Que no me funciona el móvil? Pues lo de siempre, apagar, encender, buscar en google con buen criterio y cuando ya no tengo nada más que hacer de propio, pues al servicio técnico, que para eso se han formado. Y no sólo es que saben más que yo, es que también tienen herramientas que yo no tengo.

Pues este ejemplo, creo que es muy fácil de aplicar en salud (aquí el buen criterio y Google van más de la mano que nunca). Si me duele algo, tomo algo que reduzca ese dolor. Si veo que no es eficaz y ese dolor persiste, pues en contra de mi primera reacción (la cual es muy de Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como) y guiada por mi lógica, acudo a mi médico para que pueda valorar desde un punto de vista profesional y con herramientas que yo no tengo.

Esto entiendo que es patrimonio de toda la humanidad, si tienes un problema de salud que no se pasa motu proprio, el querer estar bien hacen que por pura lógica, vayas a un médico.

Entonces, ¿por qué no hacemos esto cuando lo que nos duelen son las emociones?

Personalmente he pasado dos veces en mi vida por la consulta de un psicólogo.

La primera no fue precisamente voluntaria. Mi madre ya no sabía cómo ayudarme y me “obligó” a ir a consulta. Lo pongo entre comillas porque no me arrastró físicamente hasta la puerta, es más, nunca le dejé que me acompañara. Pero sí que salió de ella la idea y después de mucho discutir, con tal de que me dejara en paz, acepté.

No tengo muy claro si me sirvió de algo. No voy a mentir, es algo de lo que apenas tengo recuerdos porque yo sólo quería que se pasara el tiempo lo antes posible. Me sentía incómoda siempre. En la sala de espera me tocó ver a un conocido de toda la vida y en una consulta vi un informe encima de la mesa con el nombre de una amiga… (Lo de la protección de datos no debía estar muy de moda por aquel entonces)

En cuanto pude, dejé de ir.

Y creo que en esos datos está el quid de la cuestión en cuanto a por qué cuesta tanto ir a un psicólogo. Y para mí esa causa no es otra que el estigma social que supone esta especialidad.

Por muy avanzados que creamos que estamos, es raro que la gente admita claramente que va a un psicólogo. Aún hay demasiados prejuicios y muy arraigados.  

Al psicólogo van los locos. Creo que esta frase lo resume con bastante acierto.

En ese caso, lo admito abiertamente, estoy loca y muy loca, porque a pesar de tener una mala experiencia inicial en el psicólogo, volví, y no hace tanto de ello.

Hace un par de años la vida me sobrepasó y lo hizo de manera bestial. Me vi envuelta de una negrura existencial de la que no sabía salir. Traté de salir de ahí por mis medios, me apoyé en mi gente (cosa rara en mí que soy tendente a apartarme del mundo cuando no estoy bien), traté de ser paciente, pensar que con el tiempo las cosas mejoraran, pero no era así. Estaba estancada y necesitaba ayuda.

Me dolían las emociones y en mi manera de ver el mundo las cosas son sencillas, si hay enfermedad que no sana por sí misma, hay que ir al médico.

Y eso hice. Esta vez por mi propia voluntad, porque necesitaba herramientas para salir de un sitio en el que no me gustaba estar pero del que no encontraba la salida.

Fueron horas llorando a moco tendido delante de una desconocida que me escuchaba y me preguntaba y me mandaba deberes para casa. Parecía que había vuelto a la escuela.

Pero eso no importaba, lo importante es que el dolor se iba mitigando poco a poco cada día hasta que, gracias a las herramientas que tenía, pude volver a estar bien.

camino de piedras sombrio

Estar bien emocionalmente es muy difícil. La vida no es un camino de rosas en el que el resultado de las acciones es el que deseamos. Hay baches, agujeros, barro, zonas por las que es fácil caminar, otras por la que apenas puedes andar. La clave está en la adaptación.

Si la vida de inicio ya tiene lo suyo, imaginaros lo que es añadirle una enfermedad, crónica, que te tiene 24 horas en alerta, más voluble que el tiempo, más incierta que el final de juego de tronos y en la que las matemáticas son inexactas. Pues eso es una vida con diabetes.

Tienes que enfrentarte a algo que es para siempre. Algo que haciendo lo mismo, da diferentes resultados. Algo que, aunque sea atrezo y no protagonista de tu vida, siempre está en escena. No es fácil. Yo por lo menos no estoy preparada emocionalmente en todo momento para asumir lo que la diabetes conlleva.

Lo he dicho mil veces. No me gusta, no la quiero y no la admito. La asumo porque quiero una calidad de vida para mí y para la gente que me rodea y por eso la cuido con las herramientas que tengo. Hay días que son fáciles y días que son lucha encarnizada. Y cuando luchas con tu cuerpo, tu mente se ve irremediablemente afectada.

Y por eso creo que ese demonización de la psicología en la mentalidad popular hace mucho daño. Con casi 40 años tengo el culo pelado de muchas cosas y los prejuicios populares me los paso por el …. Pero eso no quita que esté ahí.

Creo que la parte emocional debería estar contemplada en el tratamiento no sólo de la diabetes si no de muchas otras enfermedades. Al final de poco sirve tener una enfermedad controlada a nivel físico si emocionalmente el negro es el color predominante.

Aunque la vida no sea rosa, hay muchos colores (que os lo diga Pantone) y poder elegir la tonalidad de nuestros días, debería estar en nuestras manos.

Tratar de eliminar un estigma social no es fácil y sé que no está en mi mano (la repercusión de mis reflexiones no llega tan lejos) pero sí me gustaría invitar a reflexionar sobre la necesidad de que las emociones sean tomadas en cuenta como parte del tratamiento más que en un lastre.

Cuando vamos al endocrino, le llevamos las glucemias para que las pueda revisar. No podemos perder de vista que dentro de eso resultados, nuestras emociones también cuentan. Tenemos que perder el miedo a buscar un tratamiento completo. La diabetes es para siempre y nuestras emociones también.

Rompamos otra barrera más. No permitamos que la vida duela por no ser capaz  de manejarla a nivel mental. La salud psíquica es tan importante como la física y ser capaces de dar el paso de buscar ayuda cuando no podemos hacerlo solos, es un gran paso que no debería ser juzgado.

Recordad que un móvil roto se puede sustituir por otro, pero para unas emociones rotas no hay sustitutas en la tienda. Si algo duele, buscar ayuda no es de locos, es de sabios.

cerebro y corazón juntos

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Nos leemos entre pinchazos. Besos dulces


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