¿Os ha pasado alguna vez que habéis notado cómo algún desconocido os miraba con una cara que no resultaba fácil de interpretar? Así como una mezcla entre susto y repulsa, o dicho finamente, con cara de oler a pedo. Instintivamente, cuando me pasa, olfateo el ambiente y cuando veo que no ha habido crimen silencioso me pongo a pensar en la conversación que estaba teniendo y entonces todo toma sentido, mis últimas palabras han sido “Tengo que pincharme”.

Para bien o para mal, la diabetes es una enfermedad “fantasma”. Una vez diagnosticada y tratada, físicamente no hay evidencias que nos identifiquen como personas de páncreas no funcional. Otra cosa es nuestra rutina de vida.

No es que seamos diferentes y cuando estamos en casa nos salgan cuernos y nos volvamos verdes, pero dado que el páncreas no está por la labor de producir insulina, nuestro día a día incluye controles de glucemia, controles de cuerpos cetónicos (admito que sólo lo hago si estoy muy alta), cálculos de hidratos y sobre todo, lo que a ojos de los páncreas funcionales nos convierte en seres de otro planeta, los pinchazos.

Siendo algo que necesito para vivir, no entiendo por qué si alguien me oye decir que me voy a pinchar me mira como si fuera una yonki y menos aún entiendo por qué estamos relegados a hacerlo a escondidas.

 

No me entra en la cabeza que si alguien ve a una persona tomándose una pastilla, es algo totalmente normal, pero si yo me pincho en público, las miradas de reprobación se hacen evidentes en todas las personas que me ven.

 

Estoy cansada de esto y por eso quiero reclamar el derecho a que no se nos criminalice. Si señores, somos adictos y estamos enganchados, y saben cuál es nuestra drogra? La vida. Nos “chutamos” para vivir  e irónicamente para evitar un subidón, y si lo hacemos en público y lo ves, no pongas esa cara de asco, porque nuestro único crimen es tener diabetes y hasta donde yo sé, aún no está tipificado como delito.

 

Por eso sólo puedo decir una cosa “Lo siento, pero no lo siento”.

Yo quiero vivir y comerme la vida a bocados y para eso necesito mi insulina y el problema no está en la aguja que atraviesa mi piel, ni en que lo haga en público, sino en tu mirada que me juzga y que hace que me esconda.  Eso si que pincha y rasga el ánimo por lo que si ves a alguien que se está poniendo insulina cerca de ti, piensa dos veces la cara que pones para no dejar marca en esa persona. Los cardenales se borran, ese dolor no.

 

 

Nos leemos entre pinchazos. Besos dulces.


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